La bisexualidad

La bisexualidad

La gente experimenta, a veces, una gran necesidad de clarificar y ordenar sus preferencias sexuales generales, que deben ser bien arregladas, como las ropas en el armario: los pantalones con los pantalones, las faldas con las faldas y los calcetines fuera del cajón destinado para la lencería íntima.

Ésta es la razón de la estricta delimitación entre la heterosexualidad y la homosexualidad. Sin embargo, en algún punto intermedio también se sitúa el grupo ambivalente de los considerados como suficientemente indecisos como para no simpatizar con un solo “campo” sino con… los dos.

¿Puede ser que la indecisión se haga culpable por “el problema” de los que desean hombres y mujeres a la vez? ¿O el horizonte indefinido donde esos ejercen sus inclinaciones oculta otra cosa que una travesura momentánea y unas muy fuertes ganas de hacerlo todo?

Las respuestas parecen en muchas ocasiones inciertas en caso de los que se sienten atraídos por el ser humano mismo y no por su género, así que persisten en nuevas preguntas, igualmente obstinadas.
-¿Es posible que la atracción experimentada “honre” en la misma medida ambos sexos?
-¿Se habrá deslizado algún error en algún punto intermedio y tendré que hacer una elección?
-¿Eso va a pasar toda mi vida?

La presión exterior (que se manifiesta en varias circunstancias) de inclinar la balanza hacia la zona blanca o la negra, amplifica el temor, las oscilaciones, así como la obsesión con hacer una elección. Por otro lado, la falta de presión ocasiona desafíos muy serios, en consonancia con la gestión adecuada de esa doble pasión.

“¿Voy a sentir la necesidad de estar con un hombre mientras tener una relación con una mujer y viceversa?” - eso es lo que más atormenta a los bisexuales, en sus tentativas de encontrar la receta óptima de la satisfacción en el dormitorio.

Lamentablemente para los fans ardientes de los estereotipos, las recetas son buenas en la cocina o para que el perro aprenda a traer la cerveza de la nevera. Pero incluso ahí es necesario un poco de improvisación. Las relaciones se revelan mucho más difíciles a limitar dentro de unos estándares que la preparación de un menú bajo en carbohidratos, el entrenamiento canino o lo de evitar las peleas en el tráfico.

La sexualidad es (o debería ser) un concepto fluido y no una práctica rígida. Varios corrientes psiquiátricos sostienen que toda la gente nace bisexual y materializa sus afinidades bajo la influencia de las propensiones individuales, los factores psíquicos propios y las interacciones sociales pertinentes.

De gran ayuda en la comprensión de los mecanismos sutiles que animan nuestras simpatías y la predilección por un cierto género puede ser la escala de Alfred Kinsey.

El especialista represento la atracción sexual como un continuum incluyendo grados desde 0 hasta 6, 0, es decir, exclusivamente heterosexual y 6 corresponde a la homosexualidad “radical”. Conforme a sus investigaciones estadísticas, la mayor parte de la población ocupa el intervalo 1-5, es decir está familiarizada con las “escapadas” homosexuales con frecuencia variada (aunque imaginarias).

Según el padre de la investigación sexual, pocas personas optan al 100% por una de las dos orientaciones. Los demás cambian ocasionalmente los “campos”, por curiosidad, necesidad o para vengarse, aunque demasiado tardo, del ex que se ha ido con las esperances y el dinero.

Solamente los que abordan de manera constante ambas preferencias diametralmente opuestas (tienen un nombre casi igual de relaciones heterosexuales, respectivamente gay) se pueden declarar, sin duda alguna, bisexuales.

Aunque el sueño de una persona de estar íntimamente con alguien del mismo sexo conduzca ocasionalmente a una derogación temporal de los lazos convencionales, el “fenómeno” es más que un capricho fortuito, una decisión de cambiar su vida tomada tras ver un material porno que instiga a unas revelaciones o la experiencia de dos estudiantes que descansan juntas de cualquier modo, se van por la calle mano en mano y solo basta una mirada por entender que puedan asegurarse incluso el placer nocturno hasta encontrar un hombre súper potente.

Favorecida por el medio ambiente o por unas características personales, la bisexualidad nace sobre el fondo de la atracción permanente (por ambas sexos) que incita y preocupa al mismo tiempo, teniendo el individuo enfrentado a sus propios límites y prejuicios.

Parece que un gay tiene menos dificultades para “cuantificar” su identidad y su futuro en relación con su orientación sexual. También es el caso de las lesbianas persuadidas de que no quieren unirse a unos hombres insensibles, difíciles, vanidosos, aunque encantadores.

Relativo a esta categoría, las cosas son bien separadas y nadie es tomado por sorpresa.

¿Pero qué va a pasar con un o una bisexual que, de acuerdo, tiene múltiples variantes, pero también un estatuto al parecer ambiguo? ¿Hoy le gusta las mujeres, mañana los hombres? ¿Les „quiere” a todos al mismo tiempo? Como va a distribuir su interés y atención?

El dilema es bien superficial, y su “funcionamiento” amoroso equivale a los demás.

También, este/esta aprovecha la ventaja de conocer todas las facetas del problema, de aprender cuál es la diferencia entre una noche caliente en compañía de un varón y una noche agotadora, dedicada al contacto íntimo con una mujer.

La “sabiduría” acumulada puede dar lugar a jerarquizaciones o privilegiar una categoría en “relativo” detrimento de la otra (algunos llegan a darse cuenta de que más prefieren los hombres, o las mujeres, otros se declaran fascinados por ambos a la vez), pero no conduce a opciones drásticas, definitivas, asumidas tras eliminación de una u otra “debilidades”. Dichas opciones se plantean meramente cuando la fórmula “bi” señala un camino completamente inadecuado.

Experimentar las opciones es muy importante para los que opinan que el genio es un criterio de selección casi tan “banal” que cualquier otro (altura, color del pelo, copa del sujetador, estudios o el amor para los gatos). La estrategia opuesta, el hecho de no divulgar sus deseos solo para no complicarse su existencia, es una solución engañosa, como la de incluir los zumos sin azúcar en la dieta. Las provocaciones aparecen a cada paso… tan cuando uno reniega de sus preferencias eróticas como cuando la dicha persona las reconoce abiertamente (entre amigos, por supuesto, no es necesario que lleve ropas con la inscripción “¡Cuidado, soy bisexual!”). La diferencia es que, asumiéndolo, trae consigo un sentimiento muy agradable de liberación.

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El individuo no se revela más a través su orientación sexual que mediante su intelecto, sentimientos, conducta, expresiones y actividades favoritas, hora de descansar, música escuchada, pasado u otros aspectos que intensifican visiblemente sus “matices”.

Esta conclusión ya sacada, todo se vuelve más “exacto”, incluso la comprensión de sus propias necesidades y la aceptación racional de las diferencias.

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